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"Soy un cura feliz, por mucho que a algunos les moleste"

Felipe Berrios. El mercurio.

 

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A un año de su partida, habla el padre Felipe Berríos
"Soy un cura feliz, por mucho que a algunos les moleste"
 
 
Vive con poca electricidad y sin agua potable, le llaman "père Philippe" y ya construyó una obra impresionante en el centro de Burundi: Kibimba, una Granja-Escuela para los más pobres, inspirada en Infocap, que inaugurará en septiembre. Además, acaba de ser nombrado director nacional de Burundi del Servicio Jesuita de Refugiados. A un año de su partida, recibió a revista "Sábado" por una semana para contar su nueva vida africana, sus reflexiones sobre Chile, y responder con su estilo directo a críticas y rumores.   

Paula Escobar Chavarría. Desde Burundi 

1 La soledad de Kiriri

-¿Qué edad tiene? -le pregunta a Stephanie, una señora enjuta, a pie pelado, pero arropada con su clásica tela africana, digna, que está parada al lado del padre Berríos en la puerta de su casa en Giterani centro de Burundi.

-No sé -contesta.

Hace calor de mediodía, hace sol furioso, mosquitos, olor a podredumbre. Stephanie es viuda, y una de las receptoras de ayuda del Servicio Jesuita de Refugiados donde trabaja el padre Berríos (JRS, por su sigla, y la pronuncian "yerés"). Esta casa es de adobe, pero de las mismas medidas de las mediaguas chilenas. Le ayudaron a construir la casa y le dieron una cabra. Hace pasar al padre y a los monitores. No tiene ningún mueble, pero una foto plastificada de su primera comunión encabeza su muralla, y un rosario.

Luego recuerda que tiene "cuarenta y algo".

Se ve de 70.

"Con esta ayuda ha logrado sobrevivir, algo muy difícil para cualquiera aquí, pero especialmente para una viuda"-dice el padre Berríos.

Luego, un camino intenso y eterno nos lleva de vuelta a su casa, en Bujumbura, la capital. Horas y horas en un jeep que no evita los saltos, las curvas, los tacos, por calles de arcilla naranja y con el verde furioso de la estación post lluvia, con niños a pie pelado, con ropas sucias. Niños que cuidan niños. Niños que sonríen mientras gritan mzungo (blanco) con ilusión de ser saludados. Niños que dan manos tímidas y húmedas; con ojos negros, sonrisas desarmantes. Niños que duermen con las cabras, que comen una vez al día, que juegan con pelotas de futbol hechas a partir de condones regalados por ONG, que duermen plácidos en las espaldas exhaustas de sus madres, con un hijo más en cada mano y un pedazo gigante de leña en la cabeza, caminando erguidas a buscar agua. Niños que no conocen los dulces, la televisión, los juguetes, los zapatos. Niños que trabajan en los campos, que no pueden ser adolescentes, que duermen apiñados en un suelo de tierra, en casas o chozas oscuras y sin ventilación. No piden limosna ni plata ni nada. Sólo quieren que les saquen una foto. Ríen de buena gana cuando se ven y en kirundi dicen: "¡soy yo, soy yo!!!".

Finalmente, tras varias horas de camino zigzagueantes, llenos de peligros, con autos que manejan en medio de las dos pistas, sin pavimento ni luz, llegamos de vuelta a Kiriri, el barrio de Bujumbura donde vive hoy el padre jesuita chileno. La noche es prematura, húmeda, verde y marcada por el ruido de los innumerables insectos, que apenas cae el sol invitan a desplegar los mosquiteros en las camas, algo imprescindible en un país que no ha erradicado la malaria, y al que para entrar hay que ponerse siete vacunas. En un cerro "aplanado" a la fuerza, que mira a la ciudad y al lago Tanganica, está el centro religioso Burundí de paredes de piedra, donde el padre Berríos llegó desde Chile hace justo hace un año, con su mochila verde al hombro y sin un plan establecido, salvo continuar su labor misionera en África en el Servicio Jesuita de Refugiados de la zona de los Grandes Lagos (Ruanda, Congo y Burundi). Todo, bajo la batuta de su amigo y sacerdote jesuita, Tony Calleja, maltés, pero chileno de corazón: es muy querido y respetado tras sus casi tres décadas en Chile.

Su pieza aquí, al igual que la de Calleja y los demás sacerdotes y religiosas que vienen a retiro, es de escasos metros. Lo justo para una cama de una plaza, mosquitero que nunca usa, velador tapado de cables, linternas, remedios para el dolor de espalda que le dio mientras construía en Kibimba, papeles varios que se desbordan. Frente a su cama, un armario de madera contiene lo que se trajo de Chile en su mochila verde (cuatro camisas, cinco calzoncillos, tres calcetines, anteojos largavista, radio a pilas, brújula, pegafix, un diccionario francés, la Biblia...y poco más), más linternas, herramientas, un pesebre hecho a mano, y, en las puertas del armario, unas 12 fotos de gran tamaño, de las personas que más quiere, partiendo por una de sus padres cuando se casaron, y 50 años después. No tiene WC -los baños son comunes- pero sí ducha y lavatorio. Como la electricidad y el agua -que, en todo caso, nunca es potable ni caliente - se cortan a cada momento, él se construyó un insólito artefacto que junta agua en un balde gigante, y luego la traspasa a su ducha, entibiada.

Vive con dos curas burundeses, un cura belga, y su amigo Tony, además de burundeses novicios de jesuitas. "Podría decirse que estoy 'de allegado'. Eso ha sido duro, estar como de paso, no puedo decir que tengo mi casa, mi comunidad, no puedo recibir a nadie. Pero bueno, espero en septiembre ya estar viviendo en la Granja Escuela de Kibimba, porque las obras están muy avanzadas gracias al aporte que me han dado muchos chilenos", adelanta con entusiasmo.

Se levanta muy temprano. Duchado y vestido con un overol azul que se trajo de Chile, antes de las 6 de la mañana se "roba" un café burundés -excelente- y un plátano enano del comedor común y parte a su oficina, frente a su pieza, o a terreno. Si el almuerzo lo pilla en los campos, pasa de largo o se come lo que le ofrezcan en la parroquia del lugar. Si está en Bujumbura, a las 12 y media come con los demás curas, casi siempre verduras, arroz, porotos.

En las tardes, cuando no está en las obras (que implica desplazamientos difíciles y por varios días, debido a lo difícil que es moverse aquí), revisa todos los detalles de la Granja de Kibimba, donde ha supervisado y dibujado desde los planos hasta el último detalle. Cuando cae el sol, a las 6, todo se acaba y muchas veces la luz eléctrica también. Media hora más tarde se toma una sopa con Tony Calleja, la que un cocinero les hace con especial cariño y con quien Felipe habla en swahili.

Sólo quedan el silencio y la oscuridad africanas.

"Es bastante sola la vida que tengo. Pero me gusta. Me entretengo, pienso, no me angustia para nada la soledad. Es una vida distinta, otro ritmo", dice a Sábado.

-Llegó sin nada, incluso sin hablar ni kirundi ni francés, las dos lenguas de acá. ¿Cómo fue partir de cero?

-Yo tenía claro que era bueno irse, porque acá me necesitaban más. Y porque no podía dejar que el Techo fuera el dueño mío o creerme la fama que tenía en Chile. Ahí ya uno la embarra. Y además vine a continuar mi proyecto de vida. Aunque en Chile hay gente pobre, aquí están los más pobres de los pobres. Pero igual es fuerte irse y hay un desagarro. No poderte comunicar, por ejemplo, o después entender y no poder hablar, no poder movilizarte, depender de otros en lo más básico o lo más complejo. Es como volver a ser niño, una vulnerabilidad que te hace remirar tu vida y agarrarte de lo más esencial. Es una experiencia súper fundante. Seríamos tan distintos los curas si todos pasáramos por esta experiencia al menos un año: no predicar, sino escuchar a los demás. Uno comprende a tantos pobres que no tienen palabra ni opinión y que nadie les consulta.

-¿Lo mejor de su vida acá?

-Constatar que el Evangelio fue escrito para y desde los pobres, y por eso me vine. Acá están los más excluidos de los excluidos: caminan kilómetros a pie pelado y luchan todo el día por agua, leña, comida, y se acuestan sin saber si van a amanecer. En la sociedad moderna nos han convencido que la vida es un derecho, pero es un regalo. O sea, amanecer sano, sin que nada te haya mordido o picado, y sin ninguna enfermedad, es un milagro. Tener un hijo, comer, tomar agua... toda la vida es un regalo. Debemos recordar eso -dice, sentado en su oficina-taller-garaje, que en realidad son dos escritorios tan atiborrados que casi no dejan espacio para nadie más.

En uno, una máquina para cortar madera, y cientos de herramientas de todo tipo. En el otro, su mini computador, y una pantalla más grande que le envió su hermano Andrés para que pudiera dibujar los planos de Kibimba sin tanto esfuerzo a la vista. Tazones de café y té sin lavar, papeles, fotos del antiguo General jesuita, el padre Arrupe, y una imagen de la Virgen, cosas de oficina... Y todo tipo de cachivaches. Un caos que, además, está rodeado de objetos burundeses populares que ha ido recolectando para un pequeño museo: un panal de abejas, una mini canoa llena de polvo...

Pronto tendrá que hacer una mudanza doble. Primero dejará esta oficina y se instalará en la de JRS, cerca de aquí, pues lo han nombrado recién Director Nacional Burundi del Servicio Jesuita de Refugiados. Tendrá que hacerse cargo de la ayuda a la reinserción de los refugiados que han retornado. Con ellos hay un trabajo fuerte en terreno, para mostrarles cómo evitar su principal miedo y mal: el hambre. ¿Cómo? Enseñándoles cómo cultivar la tierra y criar ganado, en este caso, las cabras. Con cultivos y ganado, tienen el pan asegurado y un bien vendible en caso de necesidad. Eso acá es un cambio dramático: es pasar de gastar todo el día en apenas sobrevivir, a poder vivir y hacer planes, tener futuro. Porque el camino hacia la educación, el progreso, la salud, la cultura, no se puede hacer con el estómago vacío.

Su jefe, el padre Calleja, con tesón, pasión y coraje, ha ayudado a miles de familias en los siete años que lleva acá. JRS es, además, una obra emblemática para los jesuitas, pues fue creada por el padre Arrupe en 1980, tras un viaje a Tailandia donde quedó conmovido por la miseria de los que pierden su hogar. Hoy están presentes en 50 países, ayudando tanto a los refugiados que viven en campamentos como a los que retornan a sus países. Acompañar, servir y defender es su triple lema.

A través de distintas iniciativas les devuelven la vida "normal" que tantas guerras les han arrebatado. En esa línea está Kibimba. "La granja-escuela ha sido la pasión de Felipe aquí. Ha trabajado sin tregua", dice Calleja en su despacho. Cuenta que conoció a Berríos cuando era novicio y le hizo clases. La afinidad fue instantánea (ambos trabajaron en Infocap, la universidad del Trabajador de los jesuitas), y la amistad también. Años más tarde, la vida los reencontró en Bujumbura, donde ahora están sentados almorzando con todo el equipo de JRS. Desde el que cocina hasta el jefe; desde Alberto, el joven y vital abogado español, hasta el que limpia. Todos, cada día, comparten esta misma mesa. Hoy: Lenga lenga (un tipo de acelga delicioso) y tomates de este mismo jardín, huevos duros, porotos, paltas gigantes. El padre Tony agradece en francés por los alimentos que recibiremos, reza, y luego, a comer. Una de las cocineras habla en swahili con Felipe, y se ríe a carcajadas. Pregunto por qué: "se sorprenden de que un mzungo (blanco) les hable", contesta Berríos.

"¿Por qué Felipe para este cargo? Porque quiere a los pobres. Por su experiencia. Porque lo aprecio mucho. Es creativo, tiene ojo, calidez, toma en cuenta a la gente. Entra tanto con el rico como con el pobre, le importa un bledo la formalidad. ! Y es porfiado como yo! Sin eso, acá no sales adelante. Sé que estos proyectos van a crecer con él", explica el padre Calleja sobre el nuevo cargo del padre Berríos.

2 Huellas de balas 

Llegar a Burundi es complejo: tras 50 horas de vuelo mínimas, ya sea por Europa o por Sudáfrica, se llega a un país pobre, peligroso, viviendo en las huellas de una guerra civil sangrienta, donde el promedio de vida es poco más de 50 años. Hay debilidad institucional: por ejemplo, no es claro dónde se obtiene la visa ni cómo, y se corre el riesgo de llegar allá sin ella y no poder entrar... Luego están las enfermedades (polio, tifus, hepatitis, malaria....entre muchas otras), la falta de salud de mínima calidad (hay 0.03 doctores por cada mil habitantes), la violencia, y las distancias, que se agravan por los malos y caminos. Por eso, acceder al padre Berríos es difícil. Está desconectado y no ha recibido visitas de Chile, salvo un sacerdote amigo que estaba en Europa y pasó a verlo.

Hay huellas de bala en esta casa de retiro y en Burundi han matado sacerdotes jesuitas (hay una foto de uno de ellos en una sala). Incluso, hace poco a él y a Calleja los asaltaron mientras manejaban. Pero él le baja el tenor al peligro.

"Creo que era mucho más peligroso estar en Chile y escribir artículos como la "cota mil"- dice riendo. "Desde que los jesuitas sacamos el año 74 el decreto de estar al Servicio de la Fe y la Promoción de la Justicia que esa misma Fe implica, hemos tenido casi 48 jesuitas asesinados en Latinoamérica. O sea que es mucho más peligroso vivir en Latinoamérica y hablar de la justicia que estar acá...Allá yo era mucho más atacado por algunas personas".

-De hecho, por sus declaraciones al partir, algunos lo aplaudieron pero otros lo acusaron de arrogante y juzgador con la propia Iglesia.

-Le pido perdón a la gente que se sintió ofendida, no fue mi intención. Pero hay que desterrar eso de que la ropa sucia se lava en casa o el argumento de que para cuidar la unidad hay que tapar cosas o no decirlas por su nombre. Eso le ha traído un perjuicio tremendo a la Iglesia y hay que rescatar un derecho de todos los fieles, incluidos los sacerdotes, de opinar de aquellas materias que son definidas por la misma Iglesia como opinables. La obediencia no nos debe hacer mudos. La Iglesia tiene que mostrar esa madurez de no sólo aceptar, sino incentivar, que haya diversidad en temas discutibles.

"Ahora, me gustaría aclarar: jamás dije que una persona por ser del Opus Dei no podía ser obispo. Sería una estupidez pensar así. Hay gente muy buena en el Opus Dei. Tampoco dije que por haber trabajado en el gobierno militar, no podía ser Arzobispo. Lo aclaro: no creo que haya sido un pecado trabajar en el gobierno militar y respeto y soy cercano de gente que trabajó en él. Lo que sí dije es que monseñor González había trabajado en una oficina que se dedicaba al espionaje a la Iglesia Católica, y de eso hay constancia de quejas de obispos de la época, y me parecía que ese perfil no iba a contribuir a la unidad de la Iglesia. Si lo que yo dije no es verdad, díganme, y pido perdón y me corrijo. Pero no me ataquen o descalifiquen, sino que contra argumenten los hechos que señalé. Eso no pasó.

-¿Y sobre sus críticas al Papa Juan Pablo II?

-No soy quien para criticarlo, todos conocemos las enormes cualidades del Papa Juan Pablo II. Mi punto de vista era que no había enfrentado a tiempo y con fuerza -como sí lo ha hecho este Papa- los casos de abusos sexuales, en especial de Maciel. Y siento que en su Papado se volvió a sacralizar la figura del sacerdote, que el Concilio Vaticano II había puesto al servicio del pueblo católico y no sobre él. Y, por último, siendo latinoamericano, me entristece que en su Papado se haya truncado una teología viva y pujante como era la teología latinoamericana. Que al ser una teología nueva, más todavía en un continente conflictivo y con tremendas desigualdades sociales, tuvo excesos y se ideologizó, es verdad. Debieron haberse corregido los excesos, pero aprovechar todo lo bueno que ella tenía, como fue su vitalidad, las comunidades de base, la participación de los laicos, la cercanía a los pobres como prioridad, obispos pastores, todas cosas que hoy día añoramos. Pero es una opinión, que otros pueden compartir o no, no una crítica a su figura.

-El obispo Bacarreza lo acusó de hacer un magisterio paralelo.

-La Iglesia no es una dictadura ni una secta. Tiene un derecho canónico y en ciertas materias nos da a los sacerdotes y laicos derecho a opinar. Y justamente el cariño y la lealtad hacia mi Iglesia me obligan a dar mi parecer, a pesar de los costos que he pagado. Distinto sería si con mis dichos me pusiera por sobre la doctrina que ya está definida por el magisterio. No es el caso. Siento tanto las declaraciones en contra mía, tan virulentas y rápidas, de este Obispo, que no se condicen con su forma de reaccionar frente al caso Karadima. Me parece que es, como dijo Jesús, "colar el mosquito y tragarse el camello".

-Una encuesta de Giropaís lo situó como el sacerdote chileno más creíble.

-¡Pucha que está mal la Iglesia chilena! -dice riendo -. Yo soy un producto 100% de la Iglesia chilena. Si soy creíble, es porque los chilenos están añorando esa Iglesia chilena mayoritariamente diocesana, sencilla, no juzgadora y portadora de una buena noticia para todos. Hoy tenemos una oportunidad de volver a ella.

Golpean la puerta de la sala. "Père Philippe", le dicen en francés. Dos monjas que trabajan en la obra de la madre Teresa de Calcuta necesitan confesarse con un sacerdote que hable inglés. Les dice "of course" y las lleva a otra sala.

3 Rumores: "No tengo miedo"

Con café burundés y unas galletas Tritón que tiene guardadas en su escritorio para "grandes ocasiones", la conversación continúa.

-De los rumores sobre su partida, ¿cuál le dio más rabia?

-Escuché cosas insólitas: que tenía un hijo, una amante, que me había robado plata del Techo, que estaba metido con los narcos y me tenían amenazado... Es decepcionante la pequeñez humana, de gente que se da vuelta en su mismo círculo, repartiendo rumores como ése. Intuyo el origen de esta bajeza... pero no he querido averiguar más, no vale la pena.

-¿Por qué no le interesa saber quiénes están detrás?

-Porque son rumores falsos, y la gente que los reparte, cobarde. Porque si piensan que es verdad, me deberían enfrentar y denunciarme a la justica o la Iglesia, lo que no ha pasado nunca, en mis 22 años de cura. Y si no tienen base, debieran dejarse de repartir irresponsablemente falsedades. Eso en el caso mío o de cualquier persona, sea sacerdote o no.

-Ahora circula el rumor de que se prepara un reportaje de televisión sobre varios curas, donde se diría que usted tiene hijos...

-Desde aquí, a pesar de lo desconectado que estoy, percibo una verdadera caza de brujas contra los curas en Chile. Pero no tengo miedo, porque no tengo nada que ocultar. Y quiero decirlo claramente: no soy traficante, ni he robado plata, ni soy comunista, ni tengo amantes ni hijos. Soy un sacerdote feliz, por mucho que a algunos eso les dé rabia. Los sacerdotes hoy, en todo el mundo, estamos pagando injustamente los platos rotos de delitos de otros sacerdotes y de cierta indolencia de la Iglesia. Pero también son unos abusadores quienes esparcen rumores sobre sacerdotes sin dar la cara ni hacerse responsables de ellos.

"La investigación periodística seria me parece muy relevante, debe tener toda la libertad para hacer su trabajo, y ha tenido un rol clave en destapar el tema de Karadima y otros: hicieron lo que la Iglesia por años no fue capaz de destapar. Ahora, eso no les da derecho a juzgar de antemano o estigmatizar a los curas, o pedirles pruebas de inocencia, cuando ellos lo que tienen que hacer es mostrar las pruebas de culpabilidad".

-¿Cómo ha visto el papel de monseñor Ezatti al enfrentar los casos de abusos sexuales de sacerdotes?

-Me deja muy contento que lo hayan nombrado, pues se ve un arzobispo de Santiago que hasta el momento no ha eludido los temas. Lo está haciendo muy bien y creo que su actitud de verdad, transparencia y solidaridad con las víctimas, rescata la fuerza histórica de la Iglesia chilena, que por más que esté viviendo un momento difícil, sobrevivirá, porque es la Iglesia del padre Hurtado, del cardenal Silva Henríquez, del padre Gumucio, de monseñor Ignacio Ortúzar, del padre Renato Poblete, el padre Guarda, monseñor Baeza, el padre Aldunate y de tantos otros sacerdotes y laicos chilenos ejemplares como ellos, que hacen carne el mensaje de Jesús.

- ¿Cómo ha visto el impacto del caso Karadima?

-Pienso que ya no vale la pena hablar de Karadima ni enrabiarse más con él, porque el Vaticano ya lo dijo todo y él vive su propio infierno. Me parecen muy bien las medidas que han tomado de reconocer y apoyar a las víctimas, y sobre todo de prevención. Pero eso no basta. Es importante que aquí se revise un modelo pastoral con poca participación y secretismo que ha permitido y promovido a personajes como él. Debemos volver a mirar el Concilio Vaticano II y su modelo: abrirse más a la gente y no sacralizar la figura del cura como autoridad máxima. Los curas debemos mostrar con nuestras acciones que nos jugamos a concho por el Dios de Jesucristo, si no, ¡no estamos creyendo en él! Así de simple. Creo que a veces los curas hemos idolatrado la doctrina, la institución, y no al Dios de Jesucristo, que sacrifica hasta a su Hijo para salvarnos a todos y no sólo a algunos...Tenemos que mostrar coherencia con su figura: él se vistió como la gente común, hablo un lenguaje sencillo, se puso en el lado de los excluidos; ese es el modelo de sacerdote que nos propone y que yo intento -con todas mis limitaciones- seguir. Si nos acercamos a eso tendremos las iglesias repletas. Pero cuando nos transformamos en inspectores de colegio, como con una supremacía moral, vigilando la sociedad, o planteando que si cumples normas te salvas, ahí la gente nos va a seguir por miedo o se va a ir.

-¿Qué le parece la actitud del Papa Benedicto XVl?

-Ha tenido una actitud muy clara respecto del tema de los abusos sexuales. Tenemos que ser justos y valorar mucho lo que ha hecho para evitar que se oculte este tipo de situaciones. Es un Papa muy inteligente y bien formado, que se da cuenta que hay cosas que son debatibles y otras que no, y creo que se ha dado cuenta también que aquí se está jugando lo principal de la Iglesia Católica, que debiera ser un vehículo para acercarse a Dios y no ser un estorbo para ello.

4 Giterani

Cinco horas de camino, en que no hay nunca basura ("acá nada sobra, no existe la basura") y llegamos a Giterani a conocer uno de los proyectos emblemáticos de JRS Burundi. Oficialmente se llama "seguridad alimentaria", pero informalmente "educación agrícola" (ver recuadro). Para no hacerlos dependientes de la ayuda de las ONG, al padre Calleja se le ocurrió enseñarles a cultivar mejor la tierra, con técnicas agrícolas modernas y un innovador sistema: se les entrega una cabra JRS (que tiene una marca en su oreja), a condición de que tengan el corral y que hagan compost con su excremento, que es un excelente fertilizante. Monitores burundeses, vecinos de ahí mismo que trabajan para JRS, les enseñan cómo mejorar el cultivo de una tierra agotada por el maltrato con ese abono, y a la vez cómo cuidar a las cabras para que tengan crías sanas. Cuando tienen la primera cría, se la dan a otro vecino inscrito en el programa, en una cadena de solidaridad. Ya se han repartido 30 mil cabras. Es así como familias de personas desnutridas, que comían una vez al día, han pasado a ser agricultores efectivos, que aumentan por 10 la cantidad de sus cultivos (té y café son las más valiosas, pero la mayoría siembra maíz, porotos, algo de arroz, mandioca, plátanos, sorgos), pudiendo vender lo que no consumen, y administrando las cabras, para su leche, carne, crianza. Pasan a tener pan, planes, futuro. Y romper el círculo de la miseria con su propio trabajo. La mayor fuente de ingresos de los burundeses proviene justamente del cultivo de pequeñas extensiones de tierra.

Estamos ahora en una reunión del staff antes de partir a las colinas a ver a los proyectos. El padre Berríos conversa en swahili con los monitores JRS en las colinas, un poco en inglés y un chapuceo en francés. Son los monitores, la gente que les enseña y les ayuda en sus aprendizajes, los que están ahí para lo que requieran. Pero, eso sí, deben cumplir sus deberes, el compost, cuidar las cabras, y seguir la cadena de solidaridad.

Después, el padre Berríos pasa la noche en la casa del párroco de la zona, una casa sencilla, con lo mínimo, sin agua ni luz. Hay fotos de la madre Teresa y de obispos del lugar. Un joven de unos 15 años cocina a leña. Los mosquitos revolotean (se supone que los de la malaria se activan solo entre 4 y 6, am y pm), y la luz cede a un atardecer anaranjado.

El joven de 15 años sirve arroz y zanahorias y se va.

-¿Supo que miles de jóvenes en Chile salieron a protestar contra Hidroaysén?

-Sí, supe y valoro que se involucren en su país, pero se les creería más a esos jóvenes si como verdadera protesta disminuyeran su consumo eléctrico, de celular, de ropa, de autos... si reparan sus cosas en vez de reemplazarlas por la última moda, y que se cuestionen qué es lo que verdaderamente necesitan y moderen su consumo. Mira aquí el contraste. Eso sí que sería una protesta efectiva. ¿Has visto algún letrero de Greenpeace o alguna ONG ecológica aquí entre los hambrientos de Burundi? Me parece absurdo que gasten millones de dólares para enfrentar a un barco ballenero pero ante un niño que muere de hambre no hagan nada. Para mí ese niño vale más que una ballena. En Chile tenemos 33 mil familias sobreviviendo en campamento y para mí ellos valen más que la Patagonia.

-Pero no son objetivos excluyentes...

-No son contrapuestos y no debieran serlo. Pero es desconcertante que 40 mil personas protesten por la Patagonia, y nadie proteste cuando el Presidente dice que los campamentos ¡se acabarían el 2020! Eso sí que es un escándalo, especialmente con un país creciendo como cohete. No se escuchó -ni en el gobierno pasado ni en éste- la propuesta del senador Pablo Longueira: poner un ministro plenipotenciario. Está todo dado.

-¿Qué falta, entonces?

-Mira, si nos hubiéramos guiado por lo que el mercado y las cifras decían, los 33 mineros se hubieran quedado enterrados. Creo que el Presidente Piñera se hizo Presidente de todos los chilenos cuando no escuchó eso y se la jugó por usar todos los recursos, toda su inteligencia, por salvar a los 33. Y hay que reconocerlo con todas sus letras: gracias al arrojo de Piñera es que se salvaron. Fue una emoción tremenda lo de los mineros. Su actitud habla de lo que es el pueblo chileno, que no mendiga ni pide favores. Por eso que fue muy loable el arrojo del Presidente y debiera aplicarlo también con los campamentos. Lo que dijo Longueira es la clave. Si no, estaremos dando la señal a los desesperados de que seguir el camino legal no conduce a nada...

Y agrega riendo: "Quizás cuando Longueira sea Presidente se logre".

5 En las colinas

"Tú me preguntabas por qué estoy aquí. Bueno: aquí estamos entre los más excluidos del mundo. Y ha sido un sistema el que ha producido esto, uno que va dejando atrás a personas y países como éste, y que se queda con los mejores entre comillas. Creo que la insatisfacción que se ve en Chile y en el mundo desarrollado, esa sensación de vacío, es porque estamos viviendo los estertores de un sistema de mercado individualista y machista, que ve el éxito y la eficiencia excluyendo a los débiles, los lentos, los gordos, los feos, los viejos, los pobres, los enfermos, a las minorías... Eso ha hecho que no seamos felices y que estemos llenos de miedos, porque va a llegar el día en que yo voy a ser del grupo de los excluidos, por enfermo, viejo, lo que fuera. ¡Cómo sufren los papás con los hijos que maduran más lento! Porque quedan fuera del sistema.

-¿Cuál es la salida que ve?

- Tenemos que feminizar, en el sentido de humanizar, el concepto de eficiencia y de éxito. Que no es llegar primero, sino que llegar con todos. Y dejar atrás el machismo, que daña tanto: los hombres viven compitiendo, algunos abusan de las mujeres o las maltratan, o se transforman en un hijo más, o sea, en un cacho, para ellas. Porque todavía no saben ser compañeros, compartir la vida de igual a igual. Y las mujeres están agotadas porque tienen que rendir en la casa, con los hijos y en el trabajo, y además las hacemos sentir culpables. Pero es cosa de ver que la presencia de una mujer altiro significa la protección al más débil, la inclusión. Estoy seguro de que viene una nueva era.

Una hora y media de camino de polvo, saltos y baches que el chofer de JRS, Agustine, sortea con astucia. Estamos en un restorán del pueblo, el único, pero que hoy no tiene comida. Sólo Coca cola o Fanta de limón, tibia. La destapan, mientras cuelgan atrás una cabra destripada, y no hoy precisamente, para hacer "brochettes". Veinte moscas revolotean.

"Mira la pobreza de esta gente, no tienen nada y ¡están felices porque tienen una cabra! O comieron esta carne, que no comen jamás. Acá no andan ansiosos, ni estresados, ni apurados ni mal genio, la familia es todo y la vida, un regalo. Aquí uno se cuestiona mucho. No estoy en contra del desarrollo, pero no es sólo sinónimo de carreteras y celulares. ¿Producimos en Chile para tener plata y cosas sin límite o para ser más felices, cuidar y estar más en familia, tener un país menos desigual? La confusión de fines con medios nos ha desordenado la vida y nos llena de infelicidad. Yo invitaría a la gente en Chile a gozar lo que tiene, sin ansiedad por tener más: cuando uno aprende a disfrutar, está dispuesto a compartir sus privilegios en vez de seguir acaparando. Y así es más feliz".

-¿Qué actitudes de la sociedad chilena nos alejan de esto?

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