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Papá, Mamá, quiero ser Jesuita

Es difícil hablar de la decisión de vida de otro, aunque ese otro sea un hijo. Pablo Mayorga y Sofía Montalva.

 Es difícil hablar de la decisión de vida de otro, aunque ese otro sea un hijo. Nadie mas que él conoce lo que sucede en lo profundo de su corazón. Solo él puede explicar hasta qué punto lo mueve su amor por Cristo que hace que lo siga con todo lo que es y dejando todo lo que tiene Hubo varias señales y conversaciones sobre su vocación previas al día en que nos contó que participaría de la Jornada vocacional de la Compañía de Jesús. Estábamos rezando en familia porque era Adviento y la noticia aunque no resultaba novedosa era ahora definitiva y clara, así lo sentimos, sabíamos que había que esperar el fin del proceso, pero estábamos seguros que entraría al noviciado. Lloramos todos, cada uno tenia sus motivos, pero el sentimiento que nos unía era pensar que se alejaría de nosotros y que comenzaría una vida diferente en la que “otros” vivirían con el, lo formarían y acompañarían física y espiritualmente. Ya no sería nuestro, pasaría a ser de todo el que lo necesitara y eso dolía. Por otra parte sentimos la alegría profunda de que el Señor lo llamara, era un enorme honor que se fijara en esta familia para elegir a uno de sus compañeros. Durante el proceso comenzaron a aparecer los miedos y las certezas, miedos de pensar que si sería una verdadera y profunda vocación, miedo a que fracasara en el camino, miedo a que se enamorara, miedos, miedos, miedos. Por otra parte habían certezas, ¿no le enseñamos a amar a Dios? ¿No le habíamos mostrado lo importante que era para nosotros ser parte de la Iglesia? ¿No lo habíamos impulsado a crecer en la fe dentro de las experiencias que el colegio le ofrecía? Entonces de que teníamos miedo, si compartíamos con el la maravilla de la fe y la seguridad que el Señor estaba presente y lo amaba sobre todas las cosas El tema entonces no pasaba por no compartir su decisión, el tema era dejarlo partir y confiar en que Dios sabría acompañarlo y quererlo como nosotros lo habíamos acompañado y querido desde que supimos que vendría a este mundo Había que confiar y creer lo que habíamos enseñado y esto ponía a prueba nuestra propia fe ¿Confiábamos tanto en el Señor? Por momentos como Pedro nos lanzábamos al agua para luego hundirnos en el mar. Finalmente nuestro hijo fue aceptado, era un hecho que entraba a la Compañía y comenzó entonces un periodo de profunda paz y alegría. Ver y sentir la alegría de sus compañeros Jesuitas al saber que formaría parte de ellos. Sentir el enorme cariño de nuestras familias, de sus primos que lo alentaban en su decisión. Ser testigo de la emoción que generaba la noticia entre sus amigos y los nuestros. Todo eso fue una señal del Señor que nos confirmaba que todo estaría bien y que no había nada mas seguro que su amor por nosotros y nuestro Hijo. La fecha de su entrada se fue acercando más rápido de lo que hubiéramos querido, volvíamos de “nuestra últimas vacaciones” y había que comenzar a preparar lo que se llevaría, le confirmaron entonces, “nada más que su ropa y algunos libros”. ¿Qué pasaría con todo lo que tenía? eran sus cosas de toda la vida. Con mucha emoción lo vimos desprenderse de todas.¡Regaló todo!, su dormitorio antes lleno de sus cosas, ahora estaba vacío. Se despidió también en esas dos semanas de sus amigos, los del colegio, la CVX, la comunidad, sus primos, en fin de todos a quienes quería mucho y que dejaría de ver hasta cuando “Dios quisiera”. Fueron semanas duras, con mucha pena pero también con paz El día llegó al fin. Había que llevarlo a Melipilla, al noviciado. Nos acompaño mucha gente, fue una despedida muy cariñosa y muy sencilla, fueron pocas horas, ya no había mucho mas que decir ni qué hacer. Se lo entregábamos a Dios y a la Compañía de Jesús. Han pasado ya cuatro tres meses, en los que nos hemos ido acostumbrando a esta nueva vida Lo vemos y sentimos muy profundamente feliz, eso es reconfortante y nos ha permitido seguir adelante, cambiando lo que hay que cambiar y conservando lo esencial, el profundo amor que le tenemos y el orgullo de ver, como ha sido capaz de dejarlo todo por el Señor que lo es Todo.

 



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