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Noviciado de la Compañía de Jesús

Tiempo de fundar una relación personal e Ãntima con el Señor

Los primeros dos años de formación de los jesuitas son un espacio privilegiado para forjar una relación estrecha con el Padre. La Eucaristía diaria, la oración, la vida en comunidad, el trabajo doméstico, el apostolado y las diversas experiencias que acompañan este período, no hacen otra cosa que prepararnos para la misión a la cual estamos llamados: la ayuda a las ánimas -como diría Ignacio- concretada día a día en  el servicio y entrega total hacia los demás.


Es usual ver cómo a compañeros jesuitas sacerdotes y hermanos se les dibuja una gran sonrisa en el rostro cuando se les pregunta por su tiempo de noviciado. Se acumulan en sus cabezas un sinfín de recuerdos que les evocan alegría, gozo, y una pasión encendida al máximo, tan propia de los primeros tiempos de  cualquier relación que brota de un amor profundo. Y es que en estos dos años a los jesuitas se nos regala un tiempo privilegiado para experimentar cómo Dios ha actuado y actúa en nuestras vidas, para descubrir cómo nos llama a cada uno por nuestro nombre, para aprender a utilizar de la mejor manera posible las herramientas que nos entregó para más amar y servir a Dios en todas las cosas.

En el noviciado de la Compañía de Jesús se comparte la once con muchas familias humildes, se conversa en las carretas de la cárcel con presos que han cometido homicidios o simples robos callejeros, se celebran purrunes con familias mapuches, se cuida a enfermos en sus últimos minutos de vida o se abrazan con un cariño indescriptible a decenas de niños con deficiencias mentales. En el noviciado aprendemos a convivir con el dolor de quien tiene un hijo preso, con la angustia de quien no sabe si mañana tendrá comida para parar la olla, o a vivir en carne propia la desolación de dormir como mendigos sin techo ni cobijo.

En estos dos años también nos hacemos fuertes para volcar nuestra mirada hacia nuestro interior. Para conocer nuestras más profundas carencias, nuestras “vergonzosas” debilidades, pero también los talentos y dones que el Padre nos entrega. En otras palabras, aprendemos cómo Dios nos llama -y ama- íntegramente; no sólo con nuestras luces, sino que también con nuestras tantas veces escondidas oscuridades.

 El noviciado es tiempo de forjar ese deseo que nos llama a más seguir e imitar a Cristo. Es tiempo de humildad y de abnegación. Limpiando baños, cultivando la huerta o haciéndonos cargo de la mayor parte de los deberes de esta gran casa en la que hoy vivimos 16 compañeros -trece novicios y tres padres- nos inspiramos en aquellas primeras comunidades cristianas reconocidas por su fraternidad.

 La estructura es fundamental para poder alcanzar estos objetivos, y por eso mismo a muchos sorprende la disciplina en los horarios, las estrictas reglas y la intensidad del ritmo del noviciado: las clases de Espiritualidad, Sagradas Escrituras, Doctrina, Votos, Constituciones e Historia de la Compañía de Jesús, Expresión oral y escrita y un curso extremadamente útil de dactilografía, entre otros, se alternan con el tiempo para la lectura sobre temas espirituales, las salidas al apostolado -que realizamos los viernes y sábados-, y con los hitos que constituyen el centro mismo de nuestro día: la oración personal y comunitaria de la Eucaristía.

 Pero no todo es estudio o reflexión. Las pichangas semanales, el descanso dominical, las deliciosas celebraciones de al menos dieciséis cumpleaños este año, las salidas a otras comunidades jesuitas, y la visita de compañeros chilenos y extranjeros a nuestra casa son un espacio que tiene la misma importancia, y que ratifica el hecho de que la vida comunitaria es esencial para crecer en la fe y en el seguimiento de Jesucristo.

 La formación en esta etapa termina de completarse con una serie de experiencias fundamentales que se desarrollan a lo largo de los dos años: El mes de Ejercicios Espirituales; el mes de Hospital, desempeñando oficios humildes y cuidado de enfermos en centros asistenciales; las misiones en comunidades mapuches en Tirúa (Región del Bío Bío); la participación en trabajos de verano; un mes de inserción en otras comunidades jesuitas;  y un mes de peregrinación, en el que vivimos en carne propia la realidad de experimentar a Cristo pobre y necesitado de todo. 

Pero esta sucesión de hitos y experiencias podría no tener sentido si nuestro norte no está puesto en un claro y único referente: Cristo. Ahí, siempre presente, nos invita día a día a no olvidar que hoy, esta comunidad conformada por trece jóvenes tan distintos (somos profesionales, técnicos, de entre 20 y 31 años, de Santiago, Puerto Montt o de la selva amazónica peruana) está formándose para fundar aquello que a nuestros compañeros, ya sacerdotes jesuitas y hermanos, les provocaba tanto gusto cuando recordaban sus años de noviciado: una experiencia íntima con Dios; un aprendizaje que nos permitirá entregarnos con todo y apasionadamente a los demás en el Señor.

Cristóbal Emilfork D. nsj


 



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